Tenía curiosidad por ver cómo una pequeña criatura saldría del huevo, y decidió que podría criarla en casa, sin decirle nada a nadie.
Confesó que quería esconderlos en su habitación y esperar a que algo naciera. Ya había leído en internet cómo mantener el calor, dónde colocar los huevos y cómo alimentar a las crías después.
Decía todo esto con un entusiasmo extraño, como si se tratara de un experimento inofensivo, y no de reptiles vivos que podían aparecer en cualquier momento en nuestra casa.
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