No era el dinero lo que me inquietaba. Era la implicación. La suposición. La forma en que borraba todo lo que habíamos vivido en esa mesa.
No alcé la voz. No discutí. Simplemente dije que el servicio no lo merecía. Luego me levanté y me fui.
De camino a casa, no sabía bien cómo me sentía. Una parte de mí se preguntaba si había exagerado. Otra parte sabía que no. Mi novia y yo no le dimos más vueltas al restaurante. En cambio, hablamos sobre el respeto: lo fácil que se pasa por alto, lo importante que es en silencio. Estuvimos de acuerdo en que momentos como ese revelan quiénes somos, no porque sean dramáticos, sino porque ponen a prueba nuestros límites.
A la tarde siguiente, sonó mi teléfono. Era el gerente del restaurante.
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