Todo comenzó con una escena muy sencilla. Mis vecinos, con quienes me comunicaba solo unos saludos en el ascensor, llamaron a mi puerta con una bolsa de comida. Sonrisas, gestos amables, unas pocas palabras con acento extranjero y esta frase: “Buen provecho”.
Fue un gesto amable, pero al mirar dentro de la bolsa, la sorpresa fue total. Dentro había objetos oscuros, duros y fríos, casi como pequeñas piedrecitas o fósiles. Nada que se pareciera a comida común.
Mi primera reacción fue de desconfianza. ¿Es realmente comestible? ¿Cómo se come? ¿Hay que cocinarlo? ¿Guardarlo en el refrigerador? Tantas preguntas y un poco de vacilación.
Cuando una comida desconocida da miedo…