– Heces más líquidas de lo habitual o con cambios en su consistencia.
– Sangre en las heces, incluso en pequeñas cantidades.
– Molestias abdominales persistentes: sensación de presión, gases continuos o dolor que no desaparece con el tiempo.
– Sensación de evacuación incompleta, incluso después de haber defecado.
– Fatiga o debilidad sin causa aparente, que puede estar relacionada con la pérdida de sangre.
– Pérdida de peso inexplicable a pesar de mantener la misma dieta.